Irving Alberti: cuando pasan los aplausos, la vida vuelve a lo esencial
“Mi mayor miedo no es fallar, es afectar a mis hijos”
CARMEN LUZ BEATO
Hay quienes viven para el escenario, y hay quienes, como Irving Alberti, entienden que el verdadero espectáculo comienza cuando todo termina.
Acaba de conducir de manera exitosa los Premios Soberano, con la soltura, el humor y la conexión que lo han convertido en una de las figuras más versátiles del entretenimiento. Pero cuando las luces se apagan, su ritual es otro: volver al escenario… vacío.
“Trato de pasar por la sala sin gente, para entender que ya pasaron los aplausos y la vida sigue normal”, confiesa. Es en ese silencio donde se reconoce, donde baja el telón del personaje y se abraza a lo esencial: su familia, ese refugio constante con el que celebra cada logro.
Para el destacado actor y humorista su familia juega un papel muy importante en su vida y hacer todo lo posible para que sean felices es uno de sus objetivos más importantes
Porque si algo lo define, más allá del humor, es su profundo sentido de responsabilidad emocional. “Cualquier cambio que me haga sentir que puedo desequilibrar a mis hijos es un momento difícil”, admite, dejando ver al padre por encima del artista.
Para él, el tiempo es un aliado. Cree en su capacidad de sanar, de transformar incluso las heridas en historias. Pero también reconoce los límites: “Si hay una herida abierta, es difícil convertirla en humor”. No todo lo vivido está listo para ser contado con una sonrisa.
Desde el inicio, Irving ha sido fiel a sí mismo. “Yo soy yo desde el día uno”, afirma. Solo se transforma cuando el arte lo exige —en una obra o una película—, pero nunca en la vida real. Esa coherencia lo ha sostenido en una industria tan exigente como cambiante.
Y si hay algo que no ha hecho, es callar su historia. “No creo que haya algo que no me haya atrevido a contar”, dice con seguridad. Porque su camino ha estado marcado por la autenticidad, incluso en los momentos más duros.
Recuerda, por ejemplo, un episodio en sus inicios donde sintió que le cerraban puertas. El golpe fue fuerte, pero la voz de su madre fue más poderosa. “Seguro Cuquín no estaba en ese grupo”, le dijo ella, sembrándole una lección que aún lo acompaña: “Los buenos no le trancan las puertas a nadie. El que lo hace es por miedo o mediocridad”.
Hoy, ese eco sigue guiando sus pasos. Su mayor temor no es el fracaso público, sino perder lo verdaderamente importante: su estabilidad personal y la salud de los suyos.
Y aunque el humor es su lenguaje, hay temas que no toca. El abuso infantil, la justicia selectiva y el aborto no forman parte de su comedia. “No me causan gracia, ni me gusta que relajen con eso”, afirma, marcando con claridad la línea entre el artista y el ser humano.
A pesar de lo difícil que puedan resultar las cosas, Irving ha aprendido que la vida puede ser cambiada de color cuando existe la disposición de seguir hacia adelante sin volver la vista atrás.
Cuando todo esto pase —la fama, los aplausos, los escenarios— ¿cómo te gustaría ser recordado como ser humano?
“Como alguien que siempre entendió que el amor podía con todo, que siempre quiso ayudar y logró las cosas que quiso sin dañar nunca a nadie y que aun con los tragos amargos nunca dejó de saborear y romantizar la vida”.
Al final, más allá de los escenarios, Irving Alberti quiere ser recordado desde un lugar mucho más profundo: desde el amor, como un ejemplo de resiliencia, alguien que sin importar las circunstancias en que la vida lo pudiera colocar, miró más allá del cristal y aprendió el valor de las cosas que uno hace.